{"id":25717,"date":"2023-01-18T22:32:03","date_gmt":"2023-01-19T04:32:03","guid":{"rendered":"http:\/\/elobservatorio.com.mx\/?p=25717"},"modified":"2023-01-18T22:32:03","modified_gmt":"2023-01-19T04:32:03","slug":"entre-el-manglar-y-las-dunas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/elobservatorio.com.mx\/?p=25717","title":{"rendered":"ENTRE EL MANGLAR Y LAS DUNAS"},"content":{"rendered":"<h4>Abelardo Ahumada<\/h4>\n<h4>Nota previa: Puesto que no existe ninguna cr\u00f3nica que nos refiera c\u00f3mo fue el traslado de los telares de San Cayetano entre Manzanillo y Colima, me tom\u00e9 la libertad de utilizar otras que si conozco para, haciendo un esfuerzo imaginativo, describir <em>c\u00f3mo pudo haber sido ese viaje<\/em>.<\/h4>\n<h4>Una vez hecha esta aclaraci\u00f3n, invito a todos los lectores que quieran hacerlo, a que <em>nos acompa\u00f1en<\/em> en el recorrido:<\/h4>\n<h4>5 DE OCTUBRE DE 1841. \u2013<\/h4>\n<h4>No hab\u00eda amanecido aun cuando, a los pocos minutos de haber salido de El Play\u00f3n, la recua adopt\u00f3 el ritmo que regularmente sol\u00eda llevar; dej\u00f3 atr\u00e1s la aduana de Manzanillo y, encamin\u00e1ndose hacia el sur, en cosa de quince minutos ya estaba transitando entre la orilla poniente de la laguna de Cuyutl\u00e1n y el peque\u00f1o cerro que separa a \u00e9sta del mar.<\/h4>\n<h4>A eso de las seis, cuando ya la alborada iba pintando de colores el d\u00eda, la recua iba trotando por el arenoso camino que serpenteaba entre las dunas y los manglares, tan temibles durante la \u00e9poca de lluvias, pues en toda esa parte pululaban, desde el oscurecer mir\u00edadas de voraces mosquitos \u00e1vidos de sangre.<\/h4>\n<h4>Pero para la fortuna de los arrieros y sus animales la temporada lluviosa, irregularmente corta ese a\u00f1o, parec\u00eda haber terminado cuatro semanas atr\u00e1s y al aparecer, por otra parte, los primeros rayos del sol, los zancudos volaron a guarecerse entre las sombras de la vegetaci\u00f3n selv\u00e1tica.<\/h4>\n<h4>Con ese trote duraron un buen tramo, pero ya cerca de las nueve, se detuvieron, para almorzar, en el rancho de La Coliguana, donde, informadas desde la v\u00edspera de su regreso del puerto, tres fuertes morenas de tremendas caderas y rebosantes pechos estuvieron trajinando desde temprano junto a las ollas del fog\u00f3n y el comal de las tortillas. De modo que cuando, amortiguadas por la distancia, comenzaron a escuchar las voces de aquellos hombres, ellas y sus perros empezaron a prepararse para darles, como quien dice, la bienvenida. Aunque, cuando ya casi llegaban las primeras mulas, apareci\u00f3 el padre de las tres; un individuo concupiscente y de bajos instintos que desde antes de que falleciera su esposa empez\u00f3 a abusar de su hija m\u00e1s grande, y m\u00e1s tarde a las otras dos, comport\u00e1ndose, a sus cincuenta a\u00f1os, como un jeque celoso al cuidado de su har\u00e9n, y que, previendo las insinuaciones que les podr\u00edan hacer a sus forzadas mujeres algunos viajeros que se deten\u00edan a yantar en su jacal, se aparec\u00eda junto a las bancas y a las toscas mesas, llevando en su grueso cintur\u00f3n lleno de balas, dos pistolas, y un machete en la mano zurda.<\/h4>\n<h4>Conoci\u00e9ndolo desde varios a\u00f1os atr\u00e1s, y sabiendo algo de sus malas ma\u00f1as, los arrieros s\u00f3lo saludaron al viejo pervertido de lejos y, por contemporizar con \u00e9l, \u00fanicamente el jefe de la cuadrilla lo salud\u00f3 de mano.<\/h4>\n<h4>La vigilancia del incestuoso individuo era constante sobre sus hijas y, tanto ellas como los arrieros se cuidaban muy bien de lo que dec\u00edan, para no despertar la furia del iracundo amante. As\u00ed que, casi en total silencio, las tres, m\u00e1s temerosas que afanosas, les sirvieron peque\u00f1as cazuelas con carne de venado, salsa picante y frijoles reci\u00e9n cocidos que de inmediato comenzaron a sopear con pedazos de gruesas y blancas tortillas.<\/h4>\n<h4>Un coco con tuxca para cada cual complet\u00f3 el anhelado almuerzo y, no bien hab\u00eda terminado el jefe de liquidar la cuenta, cuando ya los punteros le llevaban doscientos pasos de ventaja.<\/h4>\n<h4>El segundo reposo lo hicieron bajo unas enramadas de la hacienda salinera de Cuyutl\u00e1n, donde, no habiendo gente que habitara las chozas en esa \u00e9poca del a\u00f1o, saciaron su sed y su hambre comiendo jugosas rebanadas de sand\u00edas silvestres de las que crec\u00edan en las laderas de las dunas que hab\u00eda entre la laguna y el mar. Pero en cuanto notaron que disminuy\u00f3 la fuerza del sol, reiniciaron la marcha con la perspectiva de hacer su pernocta en tierras un poco m\u00e1s altas, junto a la hacienda de Periquillos, ya con la corriente del R\u00edo Grande de Nahualapa a la vista.<\/h4>\n<h4>En el peque\u00f1o caser\u00edo hab\u00eda animaci\u00f3n esa tarde, puesto que, siendo s\u00e1bado y habiendo cobrado la raya al filo de las 6, los peones ten\u00edan dinero para gastar, y no faltaban los comerciantes que, llevando sus mercader\u00edas en un chinchorro de burros, hicieron su aparici\u00f3n desde temprano y expusieron sus productos debajo de copudos \u00e1rboles que los proteg\u00edan del sol.<\/h4>\n<h4>La llegada de la recua procedente de El Manzanillo provoc\u00f3 alg\u00fan barullo entre el mont\u00f3n de perros de la rancher\u00eda y la expectaci\u00f3n de los ni\u00f1os que corrieron a ver los animales que se aproximaban al tejab\u00e1n donde los arrieros sol\u00edan descargarlos.<\/h4>\n<h4>Al t\u00e9rmino de esa labor, las mulas fueron liberadas de los aperos que cubr\u00edan sus lomos y de los cinchos que les apretujaban sus panzas, mientras que desde la orilla del r\u00edo llegaba el eco de una vieja canci\u00f3n que entonaban los m\u00fasicos de una chirim\u00eda que esa misma tarde hab\u00eda llegado desde el pueblo ind\u00edgena de Santiago Tecom\u00e1n.<\/h4>\n<h4>Cinco chiquillos que por unos centavos ayudaban al due\u00f1o del tejab\u00e1n, depositaron frente a las mulas sendos manojos de zacate, mientras que los arrieros y su jefe se dirigieron hacia donde otra familia de lugare\u00f1os vend\u00eda comida a quienes la solicitaban y, una vez satisfechos, armaron sus cigarrillos de hoja, aspiraron el arom\u00e1tico humo del tabaco cimarr\u00f3n hasta termin\u00e1rselos y se retiraron a descansar sobre los suaderos de las bestias que, puestos sobre los fardos, eran lo m\u00e1s parecido a una cama.<\/h4>\n<h4>Al poco rato, mientras que la oscuridad iba cubriendo toda esa parte del cielo y ellos empezaban a dormirse, entre los \u00e1rboles de la floresta cercana empezaron a brillar cientos de t<em>ag\u00fcinches <\/em>y luci\u00e9rnagas, y a chirriar miles de grillos, inaugurando, como quien dice, con aquellas luces intermitentes y con aquel agudo chirrido, la actividad de los animales nocturnos.<\/h4>\n<h4>Con el cielo ya cubierto de estrellas, el caser\u00edo se fue quedando en el relativo silencio de la noche, y s\u00f3lo en el jacal junto al r\u00edo la chirim\u00eda segu\u00eda sonando, propiciando un arrullo musical a los cansados arrieros y a los madrugadores habitantes de Periquillos.<\/h4>\n<h4>LA CRECIENTE. \u2013<\/h4>\n<h4>Siguiendo la misma rutina de todas las madrugadas, el viejo de la caponera empez\u00f3 a silbar su tonadita cuando calcul\u00f3 que podr\u00edan ser las tres de la ma\u00f1ana, pero contra lo que hab\u00eda sido la v\u00edspera, ahora no era posible mirar ni una sola estrella en la comba del cielo, y s\u00f3lo se ve\u00edan, muy a lo lejos, por el norte, los resplandores instant\u00e1neos de gran cantidad de rel\u00e1mpagos que estaban brillando por aquellos rumbos.<\/h4>\n<ul>\n<li>\n<h4>\u00a1Ah, cabr\u00f3n, se supon\u00eda que ya hab\u00eda terminado este a\u00f1o la temporada de lluvias! \u2013 Exclam\u00f3 el jefe de la cuadrilla al despertarse y ver los rel\u00e1mpagos tambi\u00e9n-. Se ve que est\u00e1 lloviendo por el rumbo de los volcanes. Pero \u00bfdesde a qu\u00e9 horas habr\u00e1 empezado? \u2013 le pregunt\u00f3 al caponero.<\/h4>\n<\/li>\n<li>\n<h4>No lo s\u00e9, patr\u00f3n, pero por lo grueso de las nubes y por la cerraz\u00f3n del cielo, para m\u00ed que desde la media noche. As\u00ed que debemos apurarnos, para atravesar el r\u00edo antes de que llegue la creciente.<\/h4>\n<\/li>\n<\/ul>\n<h4>Sin que los apremiara nadie, pero sabedores tambi\u00e9n de que si llov\u00eda por los rumbos del Volc\u00e1n era seguro que crecer\u00eda el r\u00edo, todos los arrieros se apresuraron a terminar sus tareas y, antes de que transcurriera media hora empezaron a caminar.<\/h4>\n<h4>Para ese rato ya otras gentes de Periquillos se estaban levantando tambi\u00e9n y, en la casa grande, apresurada por la urgencia de liberar la vejiga, la esposa del administrador sali\u00f3 al patio y, ubicada a unos pasos del portal m\u00e1s alto, not\u00f3 tambi\u00e9n la negrura de las nubes.<\/h4>\n<h4>El kikirik\u00ed de un gallo lejano les confirm\u00f3 a los madrugadores que ya era hora de levantarse; pero como estaba haciendo un poco de fr\u00edo; la se\u00f1ora regres\u00f3 al cuarto para buscar un rebozo y, ya cubiertos su pecho y sus hombros, volvi\u00f3 a salir al portal, situado como a 200 pasos de la orilla del r\u00edo, pero a 25 metros de alto, sobre la ladera del cerro.<\/h4>\n<h4>Desde aquel mirador natural observ\u00f3 asimismo los resplandores que los rel\u00e1mpagos produc\u00edan un poco m\u00e1s all\u00e1 de la cima del Alcom\u00fan y supuso, como lo hab\u00edan supuesto tambi\u00e9n los arrieros, que a esas horas ya estar\u00eda lloviendo tambi\u00e9n en el Valle de Colima, a sabiendas de que, si eso era cierto, la creciente no tardar\u00eda en llegar.<\/h4>\n<h4>En ese instante se ilumin\u00f3 el \u00e1mbito que ten\u00eda a su vista y un terrible estampido atron\u00f3 el espacio.<\/h4>\n<h4>Las mulas que ya estaban vadeando el r\u00edo se espantaron con el resplandor y el trueno y hasta quisieron correr, mientras que la mujer, muy asustada tambi\u00e9n, empez\u00f3 a escuchar en la lejan\u00eda el ruido caracter\u00edstico de la riada que parec\u00eda venir muy grande.<\/h4>\n<h4>All\u00e1 abajo, donde los arrieros s\u00f3lo pod\u00edan o\u00edr las pisadas y el jadeo de sus animales, no pod\u00edan percatarse del peligro que se aproximaba. Pero habiendo logrado cruzar el r\u00edo sin novedad, en cuanto se retiraron unos veinte metros de la orilla comenzaron a o\u00edr, ya n\u00edtido, el pavoroso ruido que tan bien conoc\u00edan, y tanto ellos como la yegua y las mulas corrieron para salvarse.<\/h4>\n<h4>Desde lo alto del portal, la mujer expectante vio, con otro resplandor celeste, el ancho y alto muro de agua, piedras y lodo que bajaba, brav\u00edsimo, tronchando ramas y \u00e1rboles, hacia donde se hallaban las casas m\u00e1s bajas de Periquillos, y temi\u00f3 por sus moradores. Aunque, gracias al primer trueno la mayor\u00eda hab\u00eda despertado, y eso fue tambi\u00e9n lo que los salv\u00f3, porque en cuanto se les quit\u00f3 el susto, escucharon igual el rumor de la creciente que se aproximaba y, cargando a sus ni\u00f1os y apresurando a los viejos, corrieron a hacia las laderas que les quedaban m\u00e1s cerca.<\/h4>\n<h4>CAMPAMENTO EN EL COBERTIZO. \u2013<\/h4>\n<h4>Las mulas no pararon de correr hasta que dejaron atr\u00e1s el llano de San Bartolo, en tanto que, los asustados habitantes de Periquillos, sintiendo que la fuerte lluvia ca\u00eda sobre sus cuerpos, ve\u00edan a intervalos, con los resplandores, c\u00f3mo la inesperada y gigantesca creciente llevaba troncos, ramas, animales y hasta un jacal casi desbaratado del que sin embargo se alcanzaba a ver su techo de zacate zarandeado sin clemencia, imaginando los cuerpos inertes de algunos de sus moradores, o la desesperaci\u00f3n de los que tal vez ya estaban a punto de ahogarse.<\/h4>\n<h4>La tempestad se precipit\u00f3 tambi\u00e9n sobre los arrieros y las espantadas mulas, pero como la rayacera se ces\u00f3 y s\u00f3lo siguieron cayendo torrentes del cielo, poco a poco, dentro de lo que cab\u00eda, animales y hombres se fueron tranquilizando. Pero, al amanecer, como la lluvia no terminaba y su marcha los aproxim\u00f3 hasta los muros de lo que hab\u00eda sido El Mes\u00f3n de Caxitlan, el jefe pens\u00f3 en guarecerse en el \u00fanico tramo del techo que quedaba para utilizarlo a manera de cobertizo.<\/h4>\n<h4>Tres horas m\u00e1s transcurrieron bajo la intensa precipitaci\u00f3n y escuchando el viento que ululaba y tronchaba ramas y palapas en aquella llanura cercana al mar.<\/h4>\n<h4>No era com\u00fan, entonces, que se hablara de los ciclones o de los ojos de los huracanes, pero s\u00ed que a las tormentas como la que estaban enfrentando se les denominara borrascas, de modo que sin saber que aquel era un fen\u00f3meno que continuar\u00eda arrasando otras partes, en cuanto el viento redujo su velocidad en el \u00e1rea y la lluvia amain\u00f3, los arrieros se sintieron aliviados y, ya muy cerca del mediod\u00eda, decidieron continuar su marcha, pero no pudieron hacerlo porque, para su sorpresa, con el lloveral, el antiguo brazo seco del r\u00edo, cuya pedreguera era visible desde que el m\u00e1s viejo de ellos era un ni\u00f1o, se volvi\u00f3 a llenar y, aun cuando no llevaba una corriente impetuosa, cubr\u00eda m\u00e1s de doscientas varas del antiguo camino justo en el punto al que toda la gente del rumbo denominaba El Baj\u00edo. Hecho que, muy bien entendido por ellos, significaba que el verde potrero por el que tantas veces hab\u00edan cruzado, estaba cubierto de agua hasta la altura de la cabeza de un caballo de gran alzada.<\/h4>\n<h4>Pr\u00e1cticos como la necesidad los hab\u00eda hecho, volvieron al destartalado cobertizo del desaparecido mes\u00f3n y, una vez all\u00ed, desbrozaron un espacio situado a mayor altura que la mayor\u00eda del piso, descargaron sus mulas y se dispusieron a reposar mientras bajaba el nivel de las aguas.<\/h4>\n<h4>El hombre de la caponera, que tambi\u00e9n era el cocinero del grupo, sac\u00f3 de las alforjas tres trocitos de ocote, busc\u00f3 unas varas secas debajo del cobertizo, aplic\u00f3 su pedernal a su filoso cuchillo y, dirigiendo las chispas que produc\u00eda el rozamiento a un pu\u00f1ito de zacate y musgo seco que tambi\u00e9n encontr\u00f3, muy pronto produjo una hoguera. Hizo que el m\u00e1s joven de los arrieros le trajera la mula m\u00e1s vieja con sus enseres y, habiendo sacado de uno de los huacales una cazuela y una olla de barro, puso un bodoque de manteca en una, agua a hervir en la otra, y al cabo de media hora ya estaba listo un guisado de cecina en la primera, y despidiendo su aroma un caf\u00e9 negro y azucarado en la otra.<\/h4>\n<h4>En eso vieron que, atravesando un potrero, se iban aproximando hasta donde ellos estaban, un hombre y una mujer pr\u00e1cticamente desnudos, y con se\u00f1ales evidentes de golpes y heridas en algunas partes de sus cuerpos. La mujer, con todo y pena, hizo un esfuerzo para llamar su atenci\u00f3n con un grito, mientras que el hombre, casi desfalleciente, al verlos cay\u00f3 de rodillas.<\/h4>\n<h4>Tres de los arrieros y el jefe se encaminaron hacia la pareja. El jefe cubri\u00f3 a la mujer con su capote, la sujet\u00f3 de un brazo para darle su apoyo, y los dem\u00e1s cargaron al pobre hombre que con dificultad respiraba. Eran dos de las varias personas que la crecida intempestiva del r\u00edo arrastr\u00f3 en Jala.<\/h4>\n<h4>Continuar\u00e1.<\/h4>\n<p>Nota. \u2013 Todo este material forma parte del tercer cap\u00edtulo de la <em>\u201c<\/em><em>Historia y recuerdos del predio de San Cayetano\u201d.<\/em><\/p>\n<div id='gallery-1' class='gallery galleryid-25717 gallery-columns-3 gallery-size-large'><figure class='gallery-item'>\n\t\t\t<div class='gallery-icon landscape'>\n\t\t\t\t<a href='https:\/\/elobservatorio.com.mx\/?attachment_id=25718'><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"640\" height=\"480\" src=\"https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/04.jpg\" class=\"attachment-large size-large\" alt=\"\" aria-describedby=\"gallery-1-25718\" srcset=\"https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/04.jpg 900w, https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/04-300x225.jpg 300w, https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/04-768x576.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/a>\n\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t<figcaption class='wp-caption-text gallery-caption' id='gallery-1-25718'>\n\t\t\t\t.- El agua de trajo aquel nunca nombrado cicl\u00f3n cubri\u00f3 incluso el brazo seco del R\u00edo Grande, que por El Baj\u00edo iba eventualmente hasta Tecom\u00e1n.\n\t\t\t\t<\/figcaption><\/figure><figure class='gallery-item'>\n\t\t\t<div class='gallery-icon landscape'>\n\t\t\t\t<a href='https:\/\/elobservatorio.com.mx\/?attachment_id=25719'><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"640\" height=\"480\" src=\"https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/03.jpg\" class=\"attachment-large size-large\" alt=\"\" aria-describedby=\"gallery-1-25719\" srcset=\"https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/03.jpg 900w, https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/03-300x225.jpg 300w, https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/03-768x576.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/a>\n\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t<figcaption class='wp-caption-text gallery-caption' id='gallery-1-25719'>\n\t\t\t\tHabiendo llovido intensamente en las faldas de los volcanes todos los arroyos se precipitaron al r\u00edo y se produjo una gran creciente.\n\t\t\t\t<\/figcaption><\/figure><figure class='gallery-item'>\n\t\t\t<div class='gallery-icon landscape'>\n\t\t\t\t<a href='https:\/\/elobservatorio.com.mx\/?attachment_id=25720'><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"640\" height=\"448\" src=\"https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/02-1.jpg\" class=\"attachment-large size-large\" alt=\"\" aria-describedby=\"gallery-1-25720\" srcset=\"https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/02-1.jpg 900w, https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/02-1-300x210.jpg 300w, https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/02-1-768x538.jpg 768w, https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/02-1-320x224.jpg 320w, https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/02-1-100x70.jpg 100w\" sizes=\"(max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/a>\n\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t<figcaption class='wp-caption-text gallery-caption' id='gallery-1-25720'>\n\t\t\t\t.- Este era el escenario por donde los arrieros cotidianamente iban y ven\u00edan entre la costa y Colima.\n\t\t\t\t<\/figcaption><\/figure><figure class='gallery-item'>\n\t\t\t<div class='gallery-icon landscape'>\n\t\t\t\t<a href='https:\/\/elobservatorio.com.mx\/?attachment_id=25721'><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"640\" height=\"364\" src=\"https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/01.jpg\" class=\"attachment-large size-large\" alt=\"\" aria-describedby=\"gallery-1-25721\" srcset=\"https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/01.jpg 900w, https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/01-300x171.jpg 300w, https:\/\/elobservatorio.com.mx\/wp-content\/uploads\/2023\/01\/01-768x437.jpg 768w\" sizes=\"(max-width: 640px) 100vw, 640px\" \/><\/a>\n\t\t\t<\/div>\n\t\t\t\t<figcaption class='wp-caption-text gallery-caption' id='gallery-1-25721'>\n\t\t\t\t.- Antes de amanecer dejaron atr\u00e1s el peque\u00f1o caser\u00edo que era entonces El Manzanillo.\n\t\t\t\t<\/figcaption><\/figure>\n\t\t<\/div>\n\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Abelardo Ahumada Nota previa: Puesto que no existe ninguna cr\u00f3nica que nos refiera c\u00f3mo fue el traslado de los telares de San Cayetano entre Manzanillo y Colima, me tom\u00e9 la libertad de utilizar otras que si conozco para, haciendo un esfuerzo imaginativo, describir c\u00f3mo pudo haber sido ese viaje. 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